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Una Visión Teofánica del Universo.
Rubens C. Romanelli.
Oración de apertura (paraninfo) pronunciada en el solemne acto de la Graduación del  grupo de Licenciados de la Facultad de Filosofía de la UFMG, el día 19/12/1965, en el Teatro Francisco Nunes, Belo Horizonte.

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Mis estimados apadrinados, en el momento en que la Congregación de la Facultad de Filosofía de la Universidad Federal de Minas Gerais aquí se reúne, en Sesión Magna, prestigiada por la presencia del ilustre y Magnífico Rector, Sr. Prof. Dr. Aluísio Pimenta, y de vuestros familiares y amigos, con el fin especial de otorgarles solemnemente el grado de Licenciatura, no puedo ocultar mi regocijo, que se identifica con el de vuestros dedicados padres, ni silenciar mi gratitud, que se confunde con el de vuestros ilustres homenajeados.

LA INCREDULIDAD DE LOS JÓVENES.

Al recibir de vuestro generoso corazón la honrosa tarea de apadrinar este acto, en cuyo ritual el profano todavía cede lugar a lo sagrado, me prometí a mí mismo que mi palabra, aún siendo simple,  habría de constituirse en mensaje de fé para vuestro ánimo de jóvenes, en esta hora de amarga decadencia. Hora grave y triste, porque esta es una hora en que las sombras de una terrible noche, poblada de siniestras visiones, comienzan a descender sobre el alma humana que, exhausta y abatida, ya ni siquiera puede nutrirse con la esperanza de que en el futuro llegará la aurora.
La juventud, legataria,  en todas las épocas, de los dones divinos de la renovación , comienza a descreer de los valores imponderables del espíritu. La fe le huye en casi todo, es que ya no ve porque ni para que ha de luchar. Mal egresa de una guerra, que le dio la convicción de una profunda inestabilidad de los emprendimientos humanos y de la completa falencia del derecho internacional, entiende que ya no debe creer en nada, ni siquiera en sus padres, en sus maestros, en sus dirigentes, en su Dios, o en su propio destino !

Peor que el impacto de mil bombas es el efecto de esa lenta anestesia de la conciencia joven, que así cada vez se torna más insensible a los llamados de las fuerzas constructivas del Bien. Y es así, sin exagerar, la mayor tragedia de cuantas se abatieron sobre la faz de la tierra, en cuarenta siglos de civilización!. Ahora..., la amenaza ya no es apenas la
sobrevivencia del cuerpo, sino - lo que es aún más grave : la propia sobrevivencia del espíritu !!!


DESORDEN EN LO PARTICULAR, ARMONÍA EN LO GENERAL.

Viendo aisladamente los hechos, esto es, fuera del contexto histórico, se tiene realmente la impresión que el futuro de la Humanidad se torna cada vez más sombrío. Téngase en mente, a pesar de todo, que los hechos no existen aislados,  sino interrelacionados, por relaciones de causalidad y finalidad, tanto más rígidas y perfectas, cuanto mayor es la escala de tiempo dentro de la cual los observamos. Si dentro de una escala menor, los hechos se nos presentan desordenados y anárquicos, dentro de una escala mayor, ellos se acomodan al imperativo de un orden soberano e inviolable. Se disponen , en el inmenso panel de la Historia, exactamente como las figuras de esas grandes pinturas que, apreciadas de cerca carecen de sentido, por la aparente incoherencia de los trazos, pero que, contempladas a distancia, nos dan la idea de un conjunto armónico y perfecto.
Esto quiere decir que, dentro de una visión más amplia de la Historia, todos los acontecimientos están condicionados a una objetivo supremo, en función del cual surgen, se desenvuelven y desaparecen.
Permítaseme insistir en eso, porque en la demostración de esa finalidad  reside la justificativa del mensaje de optimismo que me propuse dirigiros a vosotros esta noche  de terminación de vuestra vida estudiantil. No se trata, es obvio, de un optimismo vago, inconsistente, sin sustancia filosófica alguna, sino de un optimismo cuyas raíces se arraigan profundamente en el corazón mismo de la realidad.


AGREDIR ? NUNCA !

Probablemente, muchos de entre cuantos me escuchen estarán interesados en
saber si ese optimismo proviene de una convicción en la victoria de las fuerzas de derecha, de izquierda o de centro. Es lógico que, en defensa de cualquier tesis, se deba tomar determinada posición. Pero, a pesar de ésto, no es lógico que esa posición deba ser forzosamente de derecha, de izquierda o de centro. Derecha, izquierda y centro son posiciones situadas en el plano de la horizontalidad, mientras que aquí busco mantenerme como siempre lo hice, en el plano de la verticalidad, esto es, en el plano de quien no tiene otros compromisos, ni otras preocupaciones que no sean las de buscar la Verdad. Ahora bien ..., la Verdad está muy por encima de las ridículas y estériles discriminaciones de los partidos, que más han servido al interés reducido de un grupo  que al interés de la inmensa colectividad; y que además se han prestado para dividir a los hombres, lanzándolos ferozmente unos contra los otros, no ya como simples adversarios políticos, sino que convertidos en terribles y rencorosos enemigos. Para buscar la verdad, importa renunciar a toda posición agresiva, porque la agresión es factor inhibitorio en el proceso del conocimiento. El misterio también posee sus defensas y sólo nos abre las puertas cuando lo abordamos con la pureza del alma, con elevación de sentimientos. Es, pues, inútil y hasta contraproducente agredir.

Está en las propias leyes de la vida que toda forma de agresión se refuerza en el proceso mismo de la defensa. Agredir ? Nunca !!!. Ni aún ante el error, o ante el mal, porque el error y el mal son como la tinieblas que se deshacen por sí mismas, tan pronto se hace la Luz ! Más allá de eso ,
¿ porqué habríamos de responder al mal con mal, si el mal que hacemos queda en nosotros ?.
Observad al hombre, imagen de vosotros mismos, y veréis como él es de frágil, mucho más frágil que la "caña pensante" de Pascal. Misericordia, pues, para con él, que en su inmensa fragilidad nada más nos pide que comprensión y amor, iluminación y ayuda !
A pesar de la fragilidad que lo caracteriza, no es lícito desesperarse por él.
Es cierto que el hombre no siempre persigue el ideal del Bien, pero, aún cuando trille en los caminos del mal, será siempre e ineluctablemente impelido al Bien, en virtud del creciente cercenamiento de su libertad, impuesto por su propia obstinación en el mal. Los caminos del mal son los caminos de la muerte y, en el fondo de cada ser, clama, con todas las fuerzas de reconstrucción, el instinto de la vida !

Y es por lo dicho, estimados jóvenes, porqué mi mensaje es de optimismo, esto es, de confianza en vuestro destino y en el destino del mundo. A pesar de los flagelos naturales, que en todas las épocas y en todas las latitudes, diezmaron poblaciones enteras; a pesar de las guerras, que por todas partes, han segado la vida de millones; a pesar de la miseria que se multiplica amenazadora por todos los cuadrantes de la Tierra; a pesar, en fin, de las tremendas injusticias que avalan la estructura de la sociedad moderna, es forzoso convenir en que todo se encamina hacia el Bien, hacia un orden perfecto que, conquistado y consolidado en el clima del dolor, ya no será el fruto de ninguna coacción externa o interna, sino espontánea manifestación de la conciencia humana, integrada en la plenitud de su esencia inmortal.


EL IMPULSO TEOFÁNICO EN LA COSMOGÉNESIS.

Hay que ver como las fuerzas de la evolución operan, en medio de todas las  convulsiones - naturales y sociales - la maravillosa ascensión de la vida. Desde la génesis de las nebulosas a la génesis del hombre y desde la génesis del hombre a la génesis de una futura comunidad cósmica, puede trazarse una línea continua, ininterrumpida, de evolución creadora, expresión de un designio profundo, presente siempre en todos los niveles de la escala de los seres.
En la extensa gama fenomenológica del Universo, se evidencia una impulso teofánico, esto es, una progresiva transparencia del principio divino que, como sustancia y ley de todo fenómeno, rige su mecanismo de desenvolvimiento y lo encamina hacia sus metas supremas.

Los Grandes acontecimientos que se han desarrollado en el escenario de la Historia natural y social no pueden atribuirse, sistemáticamente, al fortuito accionar de las fuerzas naturales, ni tampoco a la simple presión de las fuerzas económicas. Efectivamente, no fue por azar, ni por acción de fuerzas puramente mecánicas que la energía se concentró en un ángulo del espacio infinito, para formar los vórtices galácticos, esos inmensos universos-islas, en cuyo seno vinieron luego a estructurarse los sistemas estelares y , en el cuerpo de éstos, los sistemas planetarios. Cuando, en el telescopio, observábamos las extensiones siderales, nos asombrábamos de la constancia y regularidad con que se presentaba ese espectáculo de orgánica estructuración, a medida que avanzábamos y profundizamos en el Cosmos. Todo pasa, como si el proceso hilogenético tuviese por finalidad
servir de base al proceso cosmogónico , en otros términos, como si la formación  de los gigantes aglomerados de materia estelar hubiesen ocurrido necesariamente como impulso primero para la formación de los mundos. Y todo pasa,  aún, como si éstos, que se cuentan por billones, en cada Galaxia, tuviesen la función específica de ser el soporte de la vida y la vida, el soporte de la conciencia.
La sabiduría de la Ley, que a todo provee, los sembró en abundancia por el espacio cósmico, a fin de que, si no todos, por lo menos parte de ellos pudiesen sobrevivir a las vicisitudes de la jornada evolutiva, con las condiciones indispensables a la realización de sus fines específicos.


EL IMPULSO TEOFÁNICO EN LA BIOGÉNESIS.

De la misma forma no puede ser por azar, ni por acción de fuerzas puramente mecánicas, que se establecieron, en el tibio seno de los mares primitivos, las condiciones para la génesis de las primeras formas vivas. Tampoco, fue por azar que, de las formas más elementales e inferiores de la vida, se desarrollaran las formas más complejas y superiores. De la materia bruta y desorganizada no podría brotar la vida, con la infinita variedad de formas que la caracteriza, si no hubiese una fuerza inmanente, un principio organizador y director, que le trazara los rumbos hacia las supremas ascensiones biológicas.
Es evidente que el pez no podría jamás haberse convertido en un anfibio y abandonar el mar, que era su hábitat natural, para , en una extraña aventura, lanzarse sobre los continentes y poblarlos de vida animal, si no hubiese sido movido por un impulso interior, por una fuerza ascensional ! O el reptil, que por evolución salió del pez, haber abandonado el suelo, que era su hábitat natural, para crear alas y, convertido en ave, lanzarse al espacio aéreo, si no hubiese estado sometido a una fuerza incoercible, que actuaba en íntima estructura de sus ser. Ni el mamífero inferior se hubiera proyectado a los niveles superiores de la escala zoológica y emergido de la irracionalidad para transformarse un ser pensante, capaz de las mayores asombrosas síntesis mentales, si en él no hubiese actuado una virtus creatix.

Por más que se obstinen en aceptar, en el inmenso panorama de la evolución, esa perspectiva teleológica, es imperioso reconocer que todo fue hecho con miras a un fin superior, a un objetivo supremo, que se evidencia cada vez más en los fenómenos de la vida. La evolución, en efecto, no puede ser el resultado puro y simple de fuerzas externas, de agentes físicos y químicos,
del juego del acaso, de influencias ambientales, de la selección del más apto, de la adaptación al medio, de la concurrencia vital, sino que es sobre todo el resultado de una presión que, coadyuvada por todos esos factores se ejerce de adentro hacia afuera y se traduce, filosóficamente, como una progresiva actualización  de potencialidades. Lo observamos, por ejemplo, en la germinación de la semilla. Al principio, no se ve en ésta el más leve vestigio de lo que ha de ser. La ciencia destruye la vieja creencia de los biólogos preformacionistas, según la cual  en la semilla del árbol se oculta un árbol en miniatura, como una reducción a escala microscópica, del tipo adulto. El árbol no es una actualidad en la semilla, sino apenas una potencialidad, una latencia, una virtualidad. Cuando la semilla encuentra  las condiciones propicias para su germinación , se desarrolla en sus recónditos poderes, se liberan sus principios orgánicos genéticos y como por encanto viene a la Luz , como expresión de todo aquel dinamismo interior,  la estructura que individualiza a la especie.

En escala animal ocurre una transformación idéntica desde el instante en que los gametos se funden en el huevo, hasta el momento en que el feto viene a la luz. Al principio, el organismo no pasa de ser una minúscula masa esférica, indiferenciada, en la cual no se vislumbra  el más mínimo esbozo anatómico.  Sin embargo, a medida que se acelera el ritmo del proceso citogenético, se registra una progresiva diferenciación y especificación de los tejidos, que se vuelven óseos aquí, musculares allí, nerviosos acullá, capilares más allá y, así, en adelante. Y todo aquel agitado torbellino vital, como si obedeciese al comando de una voluntad profunda, comienza a configurarse y, donde antes había nada más una masa de estructura homogénea, surgen ahora los rudimentos de los órganos, así como las primeras protuberancias de las que resultarán , más tarde, la cabeza y los miembros.


EL IMPULSO TEOFÁNICO EN LA FILOGÉNESIS.

La acción de las fuerzas creadoras no podrían circunscribirse, en el campo de la vida, a simples variaciones embriológicas, registradas en el mecanismo del desarrollo. Esas variaciones constituyen apenas un capítulo, o mejor dicho, una recapitulación, de un más vasto proceso de variación, como se observa en la serie filogenética. Por tal razón las especies, no son invariables e independientes unas de otras, como si constituyesen rígidas creaciones a parte, precisamente porque no hay nada que sea fijo y aislado dentro de este Universo en evolución permanente. Al contrario, conforme a lo que nos revela la documentación paleontológica, archivada en los sucesivos estratos geológicos, las especies surgieron dentro de un admirable encadenamiento de formas, que comienza en los primeros compuestos albuminoides y, a través de una creciente complicación y diversificación, viene a terminar en el hombre. Cuando la genética afirma, con Weissmann, la independencia del plasma germinativo en relación al soma y de este modo altera substancialmente el concepto de transmisión de los caracteres adquiridos para, asegurar finalmente, que toda transformación sufrida por el soma se procesa primariamente en el germen, reconoce, aunque todavía sin comprenderlo, que el agente más importante de las transformaciones reside en un campo de fuerzas imponderables, inmanentes a la propia esencia de la vida. Poco importa el nombre con que se designe ese agente. Llamémoslo Entelequia con Aristóteles y Hans Driesch, Idea Directriz con Claude Bernar, Voluntad de la especie con Schopenhauer, Mediador Plástico con Stahl, Fuerza Plástica con Cournot, Impulso Vital con Bergson, Causalidad de la necesidad con Goblot, Impulso formador e inmanente con Goebel, Psicolamarquismo con Pauly, Psiquis Formadora con Teilhard de Chardin, Holismo con Smuts y Meyer, Centro-epigénesis con Rignano, pero .. lo que sí es cierto es que todos esos filósofos y  biólogos reconocen unánimemente la presencia de un agente interno, de un causa inmanente. Inútilmente se apelará a factores extrínsecos, causas externas, que siendo contingentes y aleatorias, jamás podrían explicar la constancia y regularidad con que el más sale del menos, con que el orden sale del desorden, y cómo finalmente, las formas superiores salen de las inferiores. Todo pasa, bajo nuestros atónitos ojos, como si todos los fenómenos se desenvolviesen según un plan preestablecido, como si siguiesen una trayectoria previamente trazada.


TRAYECTORIA DEL IMPULSO TEOFÁNICO.

No se trata como puede verse, de una trayectoria rectilínea, como si la impulsión fenomenológica avanzase de abajo hacia arriba, según la bisectriz de un ángulo rectángulo, cuyos lados representasen las coordenadas del espacio y el tiempo. Tampoco se trata de una trayectoria circular cerrada, conforme a la cual todos los fenómenos volvieran a repetirse indefinidamente, sin meta alguna, sin finalidad, según lo postula la teoría del retorno eterno o de la eterna recurrencia que Nietzsche que tomó de los estoicos griegos y éstos, a través de los presocráticos, de las viejas cosmogonías indianas. Se trata, más bien, de un trayectoria cíclica, hecha de avances y retrocesos, que se abre y se cierra  periódicamente, pero nunca en el mismo nivel de la escala evolutiva. Cada vez que se cierra un ciclo, al completarse la maduración del fenómeno, se cierra para abrirse otro, en un nivel más alto y más amplio, para ... a su turno también cerrarse, con una mayor maduración del fenómeno, y de nuevo abrirse, en un nivel todavía más alto y más amplio, y así sucesivamente, en la materia, en la vida, en la consciencia, en la sociedad y más allá de todas las dimensiones que podamos concebir.

Una imagen aproximada de ese aspecto, a un tiempo geométrico y dinámico de la evolución, se observa claramente en la trayectoria descripta por el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. En la verdad, nuestro planeta no recorre, en su giro anual, una órbita cerrada, como vulgarmente se cree, sino abierta, porque es de estructura en espiral. Esto es debido al hecho de que el sol sufre, de momento a momento, una apreciable reducción de masa, por efecto de la conversión de materia en luz. Y de allí resulta, según la cosmología newtoniana, una pérdida del influjo atractivo del Sol sobre la Tierra, o según la cosmología einsteiniana, una reducción del grado de curvatura del espacio, en las vecindades del Sol. De todos modos, sea cual sea el punto de vista en que nos coloquemos, el resultado inevitable de esa continua disipación de la masa solar tiene implicancias sobre la mecánica del sistema: La Tierra se aparta constantemente del Sol, describiendo alrededor de Él, aunque con distanciamientos mínimos e imperceptibles, una órbita de abertura constante y, por lo tanto, de estructura evidentemente espiral.
Se ve entonces, que cada vez que se completa el movimiento de traslación o, generalizando, cada vez que el ciclo se cierra, se cierra un punto situado espacialmente más allá y evolutivamente por encima del punto de partida.


TEOFANÍA Y LIBRE ARBITRIO.

Toda esta árida y ya larga disertación tiene la finalidad no sólo de revelar la unidad de principios, en todos los ámbitos de la Naturaleza, sino sobre todo de ayudarnos a comprender la técnica de la evolución en el organismo social. Aquí, los fenómenos asumen aspectos sorprendentes, porque
entra a complicarles el esquema de desenvolvimiento un componente nuevo: "la libertad". No hay dificultad, como vimos ya, en aceptar la presencia de una finalidad en los fenómenos de la evolución, en cuanto nos situamos en el plano de la materia y de la vida, dado que esa finalidad es allí expresión del determinismo, o , en términos teológicos, de una acción providencial. Pero, cuando, recorriendo la misma trayectoria evolutiva, ingresamos en los dominios de la razón y nos disponemos a analizar, a la luz de los mismos principios, el comportamiento del hombre, en su expresión social, nos topamos con una dificultad casi insuperable. Me refiero al problema de conciliar la noción del fin social con la noción del libre arbitrio individual. Las dos nociones, siendo aparentemente inconcebibles, son perfectamente compatibles, si comparamos el organismo social a un tren compuesto de innumerables vagones, dentro de los cuales puede el hombre moverse libremente, aunque condicionado al destino del tren. Para que el símil sea perfecto, admitiremos que nuestro tren está sujeto, como todos los otros, a los accidentes propios de la jornada: podrá descarrilarse y de nuevo ser conducido a los rieles, para proseguir viaje rumbo a su meta. Dentro del tren de la vida, el hombre puede asumir dos actitudes: o acepta el destino, que para su propio bien le imponen las leyes superiores de la vida, o bien se rebela, ya sea tirándose por la ventana, o descendiendo en la primera estación, hasta que un día, presionado por el dolor, se decide a proseguir viaje nuevamente.
De esta comparación resulta que el libre arbitrio, tal como habitualmente lo concebimos, no es más que una aberración de la razón, porque éste sólo se manifiesta en nosotros como facultad de violar la ley, de implantar el desorden en el seno del orden. La razón recta y perfecta no es aquella que opera caprichosa y arbitrariamente, sino aquella que da continuidad al impulso creador que viene, como un proceso teofánico, desde los orígenes mismos del Universo y está profundamente inscripto en la esencia de cada ser, como el más poderoso instinto de la vida.

Toda la Naturaleza está sometida al determinismo de la Ley y ese determinismo, expresión del Pensamiento y la Voluntad de Dios, no es otra cosa que el determinismo del Bien, el determinismo del amor. Cuanto más se perfecciona el ser, tanto más se identifica  con aquel Pensamiento y aquella Voluntad, esto significa que tanto más se determinará en el sentido del Bien. Nadie puede determinarse en el sentido del mal, sino hasta el punto en que lo permitan los límites de flexibilidad o elasticidad de la Ley. Llega, pues, un momento en que la Ley detiene la marcha de la subversión y disciplina al fenómeno. Es allí entonces, que entran a funcionar los dolorosos procesos del reajuste, cuyos impulsos sólo se agotarán cuando estuviere definitivamente restablecido el equilibrio perturbado.

Se ilusiona el hombre, cuando piensa que puede sobreponer a la Voluntad Soberana e indefectible de Dios su pobre y falible voluntad, a punto tal de crear, en el ámbito de la Ley Eterna, un desorden permanente. Las fuerzas de la evolución, vale decir, la voluntad de Dios, empeñada, como habéis visto, en una laboriosa y paciente preparación, por los invisibles caminos del tiempo, en que todo fue cuidadosa e inteligentemente previsto, para el advenimiento del hombre, no podría, después de haber creado a su más perfecta obra, relegarla a su propia suerte, a merced de sus caprichos.
¡¡ No !! ¡¡ Sería el cúmulo de la imprudencia y de la imprevisión !!

A veces, el hombre con toda su presunción de grandeza y superioridad no pasa de ser un instrumento imperfecto, aunque casi siempre  inconsciente, del mecanismo providencial de las grandes leyes de la vida. Éstas se valen, sabiamente, hasta de sus flaquezas, para alcanzar su fines.
Así es que ellas se sirven de un Fernão Dias Pais, el Cazador de Esmeraldas, para, que impulsándolo a través de las cuerdas de su ambición vulgar, lo vuelven agente operante del progreso. Poco importa a los más altos designios de la evolución si el realizó o no el anhelado sueño de descubrir el escondrijo de las esmeraldas. Lo que realmente importa a la
sustancia de la vida, lo que efectivamente cuenta para la obra del Bien común es que él haya  plantado, en la ruta de sus grandes aventuras por los desiertos inhóspitos y bravíos, la semilla que más tarde habrá de germinar y florecer, en las innumerables ciudades de nuestro interior.


EL IMPULSO TEOFÁNICO EN LA EVOLUCIÓN SOCIAL.

La Historia ilustra, en los momentos más decisivos, como el hombre propone y Dios dispone. A pesar de los avances y retrocesos, de los altos y bajos, se ve, en la tesitura de los acontecimientos, que se van desarrollando, en el panorama de milenios, como la civilización, impelida por secretas
fuerzas, avanza hacia la consolidación de las más altas conquistas del espíritu y hacia la formación de una consciencia colectiva, capaz de asegurar definitivamente la paz entre todos los pueblos. Uno de esos momentos de la Historia, responsable por un cambio total en los rumbos de la civilización, debido a las profundas repercusiones que  tuvo en todos los sectores de las actividades humanas, fue lo que se llamó  como el Siglo de Pericles. La civilización logra, con los Griegos, un  avance  jamás alcanzado. Es el período de máxima opulencia y esplendor al que podría llegar el género humano.
Surgen los mayores personajes de la civilización helénica. Un grito de renovación recorre todos los territorios de la cultura, marcando el advenimiento de nuevas conquistas en el campo de las ciencias, de la filosofía y de las artes. Pero, después de haber alcanzado su punto máximo, la civilización griega entra en declinación, en disgregación y desciende a un nivel inferior.
Pero, la onda creadora, que subió, para después descender, no descendió al mismo nivel del que partiera. Descendió a un nivel más alto , para desde allí elevarse nuevamente, en el Siglo de Augusto. Con éste, se inaugura un nuevo ciclo evolutivo para la Humanidad. La civilización se eleva a un nuevo nivel de culminación. Surgen poetas y escritores, filósofos e historiadores, gramáticos y jurisconsultos. Se cierran las puertas del templo de Jano y Cristo nace en los confines del Imperio Romano. De nuevo, a pesar de todo, la onda refluye. Un soplo de disolución alcanza el coloso de los Césares y toda su monumental estructura se estremece y ruge fragorosamente.

Se oscurecen los horizontes del mundo antiguo, Roma se envuelve en las sombras del crepúsculo de su grandeza y, en breve, desciende sobre la Europa la noche de la edad media. Se cierra el ciclo de una civilización, pero las ideas que quedaron en fermentación en la oscuridad del mundo medieval van a resurgir en el florecer del Renacimiento. La civilización alcanza una vez más un nivel de culminación de ciclo, ahora más alto que los otros, porque los valores antiguos, herencia de dos grandes civilizaciones mediterráneas, vienen a sumarse a los valores nuevos. Los sublimes ideales del Humanismo que se encarnan en las primeras grandes figuras de la edad moderna, van a impregnar de espiritualidad todas las fuentes de la cultura. Se inventa la imprenta y se inicia el ciclo de las grandes navegaciones. La onda subió, creo un nuevo estilo de vida, pero ..., después, comenzó a descender y, ahora, ya en pleno siglo XX, a las puertas del III Milenio, todavía no cesó de descender, como se evidencia en aquello que mejor define y caracteriza cada tipo de civilización: su comportamiento ético y estético. Se registra, por todas partes, una visible señal de cansancio, un inconfundible síntoma de agotamiento, una incapacidad manifiesta para crear, en sustancia, algo que estremezca profundamente el alma del pueblo y lo arrebate hacia las más sublimes realizaciones del espíritu. Se congeló aquel ímpetu creador capaz de romper la inercia de la forma y en ella plasmar un mensaje de eternidad. De allí las insólitas y aberrantes creaciones del modernismo, más allá de eso, perfectamente comprensibles y explicables, porque traducen fielmente el espíritu de época, que es de decadencia. Se ve, pues, que nuestra civilización ya  produjo sus frutos y, ahora que llegamos al fondo de la pulpa y probamos el trago amargo, es justo volver la atención hacia la semilla, en cuya potencia creadora se concentran las esperanzas de una nueva mies.

Tal, mis queridos jóvenes, la maravillosa técnica con que, en todos los tiempos, se desenvuelve el fenómeno de la evolución. Importa comprenderla para que, en la fase de la acentuada decadencia de nuestros días, no vengamos, poseídos de desesperación, a tomar una posición agresiva y, por lo tanto, destructiva. La decadencia, por extraño que eso nos parezca, se integra en la contextura del proceso creativo. El impulso desciende, retrocede, como para reabastecer fuerzas, a fin de lanzarse nuevamente en una escalada evolutiva y, cuanto más descienda, tanto más fuerzas acumulará para subir.
El comportamiento  de la Ley se asemeja al de aquel, que para abrir un puerta atascada, instintivamente retrocede y cuanto más retroceda, tanto mayor será el ímpetu y el vigor con que se lance contra ella.


CONCLUSIÓN.

Son estos, mis buenos amigos, los fundamentos filosóficos y científicos de mi mensaje de optimismo y confianza en el futuro. Tened, pues, buen ánimo, porque tal vez no tarde el momento en que han de invertir los impulsos del fenómeno, del sentido del retroceso hacia el avance, a fin de que las fuerzas creadoras se encaminen a una nueva culminación de la trayectoria de la evolución para este ciclo. Ya se divisan , en el tremendo impacto ocasionado en nuestra civilización por el vertiginoso avance de la técnica, las señales precursoras de gran transformación que viene próximamente. Las   repercusiones del fenómeno no quedarán circunscriptas a determinado pueblo o raza, sino que alcanzarán, en sus inmensos beneficios, a la Tierra entera, por eso que serán el fruto de la formación de una conciencia colectiva, delante de cuya expansión no habrá fronteras de ningún tipo, ni geográficas, ni lingüísticas, ni políticas, ni religiosas.
No es una profecía lo que os anuncio, es simplemente la visión clara de la realidad histórica, en la urdidura de la evolución.

La transformación vendrá, inevitablemente, porque ella está, como acabáis de ver, en el determinismo de la Ley. En vano intentarán oponer resistencia los espíritus retrógrados, la mentalidad misoneísta de todos los tiempos. Llega un momento en que ya no es posible sustentar las viejas estructuras, hace mucho superadas y caducas. Entonces la fuerza de la renovación destruye los falsos valores, derriba los falsos ídolos y abate los monumentos erigidos al orgullo y a la vanidad, al odio y a la prepotencia, porque encima de los mezquinos intereses de los individuos, de los grupos, de las castas y de las oligarquías, prevalecen los supremos intereses de la Humanidad.

Mis queridísimos formados, aquí termino mi mensaje a vuestra inteligencia y a vuestro corazón. Lo pongo en vuestras manos, sin la vanidosa preocupación de que lo aceptéis o lo recuséis.
Mi preocupación, al formularla, fue sobre todo la de ser auténtico, fiel a mí mismo, como conviene a todos los que tienen por objetivo servir a la Verdad. En ella, creedme, yo me puse por entero, como pienso, como siento, como vivo, como soy. Les pido, pues, humildemente, que si otros méritos no me podéis acreditar, que me acreditéis, por lo menos, el mérito de la sinceridad.

Me empeñé en daros, una visión de conjunto, la comprensión de la realidad. Siento, sin embargo, que no es todo, porque la realidad, en este instante, os pide más que la simple comprensión:
les pide también acción,  acción constructiva que, comenzando por la transformación de vosotros mismos, se ejerza y se expanda, en perfecta consonancia con la acción de las leyes de la vida, en la forma que sea, donde quiera que os encontréis, como un factor positivo en la dinámica de la evolución.
Acción capaz de dilatar las fronteras angostas de vuestro ser hasta que ellas se confundan y se identifiquen con las propias fronteras de la Humanidad !
Ese es el grandioso destino del hombre sobre la faz de la Tierra y ese, por lo tanto, vuestro propio destino !

 

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